Francisco en el Viacrucis: "Las promesas del Señor transforman la noche en la aurora de la resurrección"

Francisco en el Viacrucis: "Las promesas del Señor transforman la noche en la aurora de la resurrección"

El Coliseo romano, lugar de martirio de los primeros cristianos, fue el sitio elegido por el papa Francisco para el tradicional rezo del Viacrucis, que se llevó a cabo este Viernes Santo ante la presencia de miles de fieles, que compartieron con el Santo Padre la conmemoración de la Pasión del Señor, el calvario previo a la crucifixión.

Durante las catorce estaciones que recuerdan el camino hacia la crucifixión de Jesús, Francisco rezó junto con los presentes por las mujeres crucificadas. De esta manera, pontífice buscó sensibilizar a la sociedad actual sobre el drama de las mujeres víctimas de la trata y la esclavitud de la prostitución.
El Cardenal Agostino Vallini, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, portó la cruz al inicio, y luego fue cargada por una familia romana, representantes de la Unitalsi y religiosos y laicos de diversos países como Egipto, Portugal, Colombia, Argentina y China.

La biblista francesa Anne-Marie Pelletier fue la encargada de la preparación de las meditaciones de este año. Como se había anticipado, en esta ocasión se introdujeron algunas modificaciones al tradicional recorrido: la segunda estación fue “Jesús es negado por Pedro”, la tercera “Jesús y Pilato”, la séptima “Jesús y las Hijas de Jerusalén”, y la decimocuarta “Jesús en el sepulcro y las mujeres”. Las meditaciones reflexionaron sobre el significado de las caídas, las humillaciones, el abandono sufrido por Jesús.

“La hora ha llegado. El caminar de Jesús por los caminos polvorientos de Galilea y Judea al encuentro de los que sufren en su cuerpo y en su corazón, empujado por la urgencia de anunciar el Reino, ese caminar suyo termina hoy, aquí. En la colina del Gólgota. Hoy la cruz cierra el camino. Jesús no irá más allá. Imposible andar más allá”, se indicó en la introducción.

“Sin refugiarse en su propia condición divina, Jesús se incluye en el terrible cortejo de los sufrimientos que el hombre inflige al hombre. Conoce el abandono de los humillados y de los más marginados”, se indica en la cuarta estación.

“Y, de repente, todos los signos se invierten. Las palabras y los gestos de burla de sus torturadores nos desvelan –oh absoluta paradoja– una insondable verdad, la de la auténtica y única realeza, que se ha manifestado como un amor que no quiere conocer nada más que la voluntad del Padre y su deseo de que todos los hombres se salven”.

La octava estación reflexiona sobre el significado de la humillación del cuerpo plagado de heridas de Jesús, que queda desnudo, “expuesto a las miradas de burla y desprecio”.

“Adentrándonos en este misterio de gracia, podemos volver a mirar el cuerpo martirizado de Jesús. Entonces comenzamos a descubrir aquello que nuestros ojos no pueden ver: su desnudez resplandece con aquella misma luz que irradiaba su túnica en el momento de la Transfiguración”.

En la meditación de la duodécima estación, “Jesús muere en la cruz”, la biblista francesa profundiza en el significado de la muerte de Cristo.

“Aparentemente todo parece hundirse en el silencio de la muerte que desciende sobre el Gólgota y las tres cruces levantadas. En este día de la Pasión, que llega a su fin, quien pasa por ese camino sólo puede ver la derrota de Jesús, el fracaso de una esperanza que había alentado a muchos, consolado a los pobres, levantado a los humillados, que hizo vislumbrar a los discípulos que había llegado el tiempo en que Dios cumpliría las promesas anunciadas por los profetas. Todo eso parecía perdido, destruido, derrumbado”.

Pero la esperanza, en medio de la desolación, surge de un detalle: “Agua y sangre brotan del costado del crucificado. ¡Oh maravilla! La herida abierta por la lanza del soldado hace que salga el agua y la sangre que nos hablan de vida y de nacimiento”.

En la última estación, el Cardenal Vallini tomó nuevamente la cruz. Tras el rezo del Viacrucis, el Papa rezó una oración de desagravio al corazón ofendido de Cristo por los pecados de la humanidad e impartió la bendición.

En su reflexión final, el Papa se refirió a la vergüenza ante migrantes muertos en los naufragios, por los discriminados por su religión o su raza, muertos en las guerras. Vergüenza por las veces que hemos huido, por nuestras manos perezosas en el dar y ávidas en el recibir. Por nuestros pies veloces en el camino del mal y paralizados en el del bien. Por las veces que los consagrados hirieron el cuerpo de la Iglesia, por haber olvidado el primer momento de la vocación.

Pero también confiados –dijo– en la bondad de su misericordia, de las promesas del Señor, que transforman nuestros corazones endurecidos en capaces de amar. Que transforman la noche en la aurora de la resurrección.

“Oh Cristo, te pedimos que nos enseñes –concluyó el sucesor de Pedro– a no avergonzarnos nunca de tu cruz, a no instrumentalizarla, sino de honrarla y adorarla porque con esta tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia”.

Let's block ads! (Why?)

Etiquetas:

Publicar un comentario

[facebook][blogger][disqus]

Diocesis de Celaya

Forma de Contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

Con tecnología de Blogger.
Javascript DesactivadoPor favor, active Javascript para ver todos los Widgets